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viernes, 23 de febrero de 2024

Hace 75 años Juan Perón hablaba en el agasajo de los compañeros ferroviarios a Domingo Mercante.




DISCURSO DEL GRAL. PERÓN EN UN AGASAJO DE LOS FERROVIARIOS AL CORONEL DOMINGO A. MERCANTE

(Acto realizado en dependencias de la central de la Unión Ferroviaria, con la presencia, entre otros, de la señora María Eva Duarte de Perón; del doctor Héctor Cámpora, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación; y del secretario de Industria y Comercio, José Constantino Barros.)

Compañeros:

Yo tengo una infinita satisfacción de haber podido compartir esta amable mesa de amigos y de viejos camaradas para rendir un homenaje al coronel Mercante. Para adherir a él, empleo simplemente las palabras de un viejo amigo y compañero. Cuando yo debo hablar del coronel Mercante, sea en el campo de la íntima amistad como en el campo político, me siento en cierta manera cohibido, porque el coronel Mercante y yo somos casi una misma persona. De modo, señores, que los homenajes que le tributan nuestros amigos, me alcanzan en cierta manera y como no me gusta hablar de mí mismo, hablo también siempre muy poco de Mercante.

Señores:

Para mí este homenaje tiene el alto significado de la consecuencia inalterable de este gremio tan benemérito dentro de todas las organizaciones obreras de nuestro país. Yo no olvido ni olvidaré jamás que los ferroviarios fueron los hombres que lucharon con igual tesón a nuestro lado en las horas tranquilas o en las horas inciertas de nuestro movimiento. Yo no olvido ni olvidaré jamás que a esta misma casa llegamos con Mercante el mismo día que llegamos a la Secretaría de Trabajo y Previsión y que la vida de esta casa es una vida paralela a la de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por tal razón, el recuerdo amable de esa casa de tan duro luchar y batallar está ligado a la lucha de esta casa en la que los ferroviarios nos dieron la inmensa satisfacción de poder sentirnos compañeros de lucha y de trabajo en las horas inciertas.

Hace pocos instantes el compañero López [Pablo Carnero López, presidente de la Unión Ferroviaria] ha dicho palabras que obligan al reconocimiento de los gobernantes argentinos. Ha pronunciado palabras de apoyo, de solidaridad de la clase trabajadora argentina, sin cuyo apoyo y sin cuya solidaridad nuestro movimiento quedaría sumido en el vacío. El movimiento argentino es eminentemente popular y, por esa razón, es eminentemente obrero y, como también lo ha dicho López, están llegando horas de hablar claro y yo agregaría a esto: de obrar decididamente.

Compañeros:

Es interesante que yo pueda hacer en el seno de esta amable reunión un ligero examen del significado “hablar claro y obrar con decisión”. Nuestro movimiento, nacido al calor de esas primeras reivindicaciones, está llegando a una etapa de superación que no puede ser fácilmente tolerada por aquellos que van perder la última esperanza de poner una traba infranqueable a nuestro movimiento.

En este sentido, si analizamos rapidísimamente la situación, podremos establecer que la superación total de los objetivos políticos trazados en nuestra reforma se ha realizado ya. Si pensamos que los objetivos sociales delineados en nuestros primitivos planes de la Secretaría de Trabajo, y que constituían la etapa fundamental de la reforma social, han sido ya superados en su mayor parte; si pensamos que los objetivos económicos, que también estructuramos en la reforma proyectada con nuestro arribo al gobierno, han sido en su mayor parte superados, es lógico que pensemos que nuestros adversarios, frente a la superación de tales objetivos, se opusieran a la consolidación de los mismos mediante una lucha anti–reforma de la Constitución. En esta lucha fueron nuevamente derrotados, como fueron vencidos el 17 de octubre, el 24 de febrero y en todas las elecciones.

Difícilmente se perdona a las agrupaciones políticas o sociales que obtengan éxitos tan decisivos durante tanto tiempo sin que alguien salga al cruce a presentarles lucha. Nuestros opositores son hombres enconados, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, que emplean las armas más innobles que puedan encontrarse en el campo político. Son hombres obcecados que, con tal de vencer en esta lucha, serían capaces de aliarse con el diablo y, quizá peor que con el diablo, porque el diablo podría ser argentino, en cambio, ellos se alían con el diablo extranjero.

¿Qué es lo que sucede en el campo político? Hasta ahora nuestra acción realizada con decisión y rapidez obró por sorpresa, y sorpresivamente le fuimos arrebatando una por una todas las conquistas que representan los objetivos económicos, sociales y políticos que estamos consolidando en la Constituyente. Esos objetivos fueron arrebatados por nuestra acción decisiva y decidida de hombres de lucha. Pero, durante ese tiempo, todo ese núcleo de que hablo y que representa la flor y nata de todo el desplazamiento político ocurrido en nuestro país ha tenido tiempo para organizarse y organizar una lucha en contra del movimiento revolucionario.

¿En qué consiste esa lucha? Es muy simple. Ellos presentaron batalla el 17 de octubre y fueron aniquilados; la volvieron a presentar el 24 de febrero y fueron derrotados, y así sucesivamente hasta la última elección para la Constituyente, batalla en la que también fueron aniquilados. Se han dado cuenta de que, frente a nosotros, la lucha de conjunto le será adversa por mucho tiempo, por lo menos. Entonces, recurren a la guerra irregular, a la lucha irregular, caracterizada por ese rumoreo, por ese tipo de murmuración a que nos tienen acostumbrados las comadres de barrio, quienes no pudiéndose vengar abiertamente, se conforman con el cuchichear al oído de los demás, la calumnia, la insidia, el rumor o la mentira. Es la forma de lucha de los incapaces que está demostrando palmariamente que esta gente no es capaz de la lucha abierta, y esto ha de decidirse en la lucha abierta, lo que equivale a significar que, en esta clase de peleas, ya hemos vencido, porque no tenemos delante de nosotros capacidad de lucha, sino incapacidad manifestada en el chismorreo permanente con que quieren estos señores minar los pétreos cimientos sobre los cuales hemos afirmado definitivamente nuestras conquistas.

Compañeros:

Estaría demás que explicáramos la razón de ser de todos esos chismes y rumores que circulan y que evidencian la incapacidad material y moral de nuestros adversarios y que califica su estado espiritual y su descomposición de espíritu. Esto sería dar por el pito más de lo que el pito vale. Sin embargo, si ellos han renunciado ya a la lucha abierta para enfrentar una masa con otra masa, no quiere decir que no las hemos de enfrentar en el campo de lucha en que ellos se presentan. Sería un error de nuestra parte. Los vamos a luchar y los vamos a pelear en el campo que ellos elijan y con las armas que quieran. Lo importante es que sepan que, hasta ahora, no hemos salido a la palestra porque hemos despreciado sus magras fuerzas y sus miserables posibilidades. Pero hemos de hacerles el juego y saldremos a lucharles en el medio que ellos creen que más les es propicio, aunque, naturalmente, no habremos de descender a emplear las mismas armas que ellos están empleando.

Nosotros tenemos un arma que es como mostrarle la cruz al diablo: la verdad. Les mostraremos la verdad y van a salir disparando igual que el diablo cuando está escaldado. Esta lucha había que esperarla.

¿Cuál es, en pocas palabras, el desarrollo de nuestro programa de acción? En lo político, los hechos consumados; en lo social, también; pero lo que más les duele no es ni una ni otra cosa, es lo económico, porque ellos tienen, como he dicho muchas veces, la víscera más sensible en el bolsillo.

En este aspecto, cuando nos hicimos cargo del gobierno no se había realizado todavía la reforma económica. ¿En qué consistía esta reforma económica? Lisa y llanamente en la conquista de la independencia económica. Palabras simples de decir, hecho muy difícil y azaroso de cumplir.

Nuestra independencia económica, he dicho muchas veces, tiene dos etapas. La primera es la de recuperación económica. La segunda, la consolidación de la economía interna y el aseguramiento de la independencia económica en lo internacional.

Si hace veinte o [hace] cinco años, un iluso como yo, les hubiera dicho a ustedes, dentro de tres años vamos a comprar los ferrocarriles, vamos a pagar la deuda externa, a comprar una marina mercante de un millón y medio de toneladas, vamos a argentinizar los puertos que son extranjeros, a comprar las compañías telefónicas, a nacionalizar los seguros y reaseguros, a nacionalizar el Banco Central, vamos a eliminar los pulpos que están medrando a costilla de nuestros agricultores, vamos a poner en vigencia una Constitución que obligue a terminar con el latifundio en forma legal, vamos a entregar la tierra quien la trabaje… ¿Qué hubieran dicho ustedes? Este está loco. Pues, señores, eso está hoy realizado. Si hace veinte o [hace] cinco años hubiera dicho yo eso antes de realizarlo, hubieran dicho que éste es un estúpido, ignorante y petulante. ¿Cómo hemos realizado eso? Merced a echar mano de todos los recursos que fueran posibles porque las grandes empresas imponen grandes sacrificios. Sin embargo, apuesto al que quiera que ningún argentino ha sentido todavía el sacrificio por haber realizado una obra tan magna y tan extraordinaria como la que

acabo de enunciar.

Esta es la verdad, es la verdad humilde que nadie puede discutir, que nadie puede deformar y que nadie, que no sea un mentiroso, puede negar.

¿En qué consistía el sacrificio que los argentinos debíamos realizar como precio de esta magna empresa de recuperación nacional? Para hacerla, confieso que hemos negociado nuestra producción a mejores precios que los que antes se negociaban, y aquellos señores a quienes antes le cobrábamos 6 pesos por el quintal de trigo y hoy le cobramos 60, están disgustados. Precisamente ellos que durante cien años nos hicieron lo mismo. ¿Qué de malo tiene que nosotros hayamos procedido así con ellos durante tres años? 

Esta es la realidad, pero los efectos son más graves que la realidad. Indudablemente, en estos tres años hemos conseguido nuestros objetivos, pero tenemos que sostenerlos ahora contra los enemigos de adentro y de afuera. Enemigos de adentro caracterizados por esos señores que ya no pueden medrar a costa del hambre y de la necesidad del pueblo argentino; por esos señores que no pueden especular sin quedarse en la calle como les está sucediendo hoy. Eso levanta resistencias en el orden interno a las cuales nosotros tenemos que hacer frente. No han de ser todas flores en esta acción; habrá también espinas y nos espinaremos con gusto si merced a esos espinamientos podemos sacar adelante las conquistas alcanzadas.

Pero lo más malo no está en eso; lo más malo está en que los argentinos de adentro están aliados a los que, desde afuera, nos hacen la guerra económica para castigar la osadía argentina de haber querido creer que éramos capaces de disponer que la riqueza argentina sea para los argentinos.

Señores:

Desde 1810 a 1823 la Argentina vivió una etapa como la actual. Como nosotros, soñaron aquellos hombres; como nosotros, se revolucionaron; como nosotros, fueron a Tucumán y declararon la Independencia y, más adelante, lucharon y murieron por mantenerla y afirmarla. No creo que el pueblo argentino haya descendido tanto que, después de haber ido a Tucumán a jurar esa independencia, no sea capaz de morir, si es necesario, por ello.

Vivimos una nueva etapa histórica; lo que muchos argentinos no han comprendido, todavía, es que estamos viviendo una nueva epopeya. Los argentinos que no lo hayan comprendido así, son hombres que no están a la altura de su época. Los hubo también antes, y los habrá ahora; pero lo que sí puedo asegurar es que este movimiento podría fracasar por falta de apoyo. Nosotros debemos asegurarle ese apoyo. Personalmente no hablo con ningún otro interés que no sea el bien del pueblo. No hablo con ninguna otra intención que no sea el bien de la Patria. Un hombre que ha llegado a la situación a que yo he llegado, frente a esa inmensa responsabilidad, no va a pensar en las pequeñeces de nuestras luchas políticas internas o externas del movimiento. Yo sólo pienso en esa causa superior que es la de todos los argentinos, estén con nosotros o estén en contra de nuestro movimiento, porque también hemos de hacerle el favor de que se quiten de encima el estigma de la traición y del dolor de no haberse sentido argentinos cuando era necesario sentirse argentinos por encima de todas las cosas.

Afortunadamente, el pueblo argentino tiene una clase trabajadora con valores morales íntegros. En ella descansa la base fundamental de esta lucha por salvar al pueblo argentino de las amenazas de retorno a una época de triste memoria. Ella será artífice de su propio destino. Es el pueblo el único que puede salvar al pueblo. No lo salvo yo ni la suerte; lo salva el sacrificio. El sacrificio que ese pueblo realiza con su trabajo y abnegación.

Y podríamos asegurar que si la clase trabajadora y el pueblo argentino en general, no supieran sostener la bandera que ha enarbolado, lloraría lágrimas de sangre en el futuro, o lo podríamos repetir cuando lo haga, como decía aquel viejo español: lloras como una mujer lo que no supiste sostener como un hombre. Sin embargo, nuestro pueblo no está templado para esas posibilidades; está de pie, listo a luchar, como lo he visto siempre, con la decisión y la honradez de siempre, con la lealtad y la fe con que lo vi el 17 de octubre enarbolar las banderas argentinas para luchar.

He pedido hasta ahora a los trabajadores argentinos una cosa que todos recuerdan: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Dentro de pocos días más he de pedirles que salgan a defender nuestra causa, allá donde sea necesario. Entonces, han de ver nuestros adversarios que, con toda tranquilidad y sin violencia de ninguna clase, pero con razones grandes como una casa, hemos de demostrarles que donde ellos lanzan un rumor nosotros sabremos reemplazarlo con una verdad o un sillazo, si es necesario.

Hemos mantenido la extremada prudencia que nos es característica y que no hemos de reaccionar sino frente al ataque. No somos hombres de provocaciones, somos, sí, hombres de lucha, y lucharemos cuando haya que hacerlo, hasta el último aliento y con la más terrible decisión. Esto es lo que deben saber nuestros adversarios. Iré caracterizando a nuestros adversarios en todas las futuras conversaciones que yo realice. Nuestros adversarios están caracterizados en tres grupos bien determinados: Primero: los adversarios políticos, representados por los dirigentes de los partidos Radical, del Comité Nacional; Conservador o Demócrata Nacional, como se llaman algunos; Demócrata Progresista y etc., etc., ya desahuciados por el pueblo argentino, pero cuya reacción en la forma que los conocemos ha de seguirse produciendo. Actúan en el campo político disfrazados de dirigentes de una masa que ya no pesa y, a menudo, disfrazados de legisladores. Segundo: los adversarios económicos, representados por los consorcios del capital internacional, muy conocidos por nosotros algunos, por parte de las que antes se llamaban fuerzas vivas y que todavía quedan recalcitrantes en el campo adversario y una cierta parte de la oligarquía. A ésta última tenemos que esperar que muera para que termine.

El tercer grupo es el de los pseudo-ideólogos, comunistas y socialistas. Dos agrupaciones internacionales que se las traían, pero ahora, felizmente, se las ven venir. Es lógico que estos señores actúen en el campo gremial, muchas veces disfrazados de peronistas, pero hay que decirles, como a las mascaritas del carnaval, ¡sacate los bigotes, que ya te conocemos! Estos señores, que actúan disfrazados o infiltrados –como dicen ellos– creen todavía que es posible desorganizar nuestra masa popular mediante una acción de perturbación, aprovechando la falta –diremos así– de interpretación de nuestro movimiento por parte de algunos sectores que aún les quedan como baluarte. Sin embargo, deben de saber que si durante cuarenta años no hicieron en este país absolutamente nada, cuando este país era un caldo magnífico para todas las perturbaciones, cómo van a realizarlas hoy que hemos llevado a cabo lo que ellos decían que había de realizarse.

Van llegado días de hablar claro, dijo el compañero López, y yo comparto totalmente esas magnificas palabras de decisión. Hemos de hablar claro y de obrar decisivamente. Ésta es la palabra de orden. Yo he de decir próximamente cómo lo vamos a hacer. Mientras llegue ese momento, de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Señores:

Recuerden que en este momento nosotros no tenemos por qué estar enojados; los que deben estar enojados son ellos, porque de todo lo que ellos se proponían hacer no han hecho nada, y todo lo que nosotros nos habíamos propuesto realizar lo hemos hecho. De manera que si alguno ha de estar enojado, porque el destino o la suerte no les ha hecho salir las cosas como esperaba, estarán ellos y no nosotros. Hemos de luchar sonrientes y no enojados; hemos de realizar una acción optimista y no pesimista; hemos de realizar una obra constructiva, dejándoles a ellos el triste encargo de realizar la obra destructiva.

Compañeros:

Quiero terminar estas palabras ya un poco dilatadas, recordándoles que debemos estar totalmente tranquilos. No conviene, en los tiempos que corren, que nos asusten con fantasmas o bultos que menean. Somos muchos millones de peronistas dispuestos a jugarlo todo por la suerte del país, frente a unos cuantos obcecados detrás de quienes existe una masa que no tiene ningún entusiasmo por poner el pellejo en peligro; y nosotros estamos decididos a jugarnos, inclusive, el pellejo.

Por esa razón yo les pido a ustedes, y ustedes se lo trasmitirán también a los demás compañeros, que estén tranquilos; que esto más bien hay que tomarlo en broma, que no hay que preocuparse demasiado. Yo he de bajar la bandera cuando empiece la carrera y entonces vamos a correr fuerte.

Señores:

Les agradezco como si fuese en mi propia persona esta demostración que el gremio ferroviario, por intermedio de esta amable asamblea, ha rendido al Señor Presidente de la Convención Constituyente, como asimismo a cada uno de los constituyentes peronistas que nos hacen el honor de su compañía. Ya lo ha dicho mi señora, para mí representan lo más puro y lo más apreciado del peronismo, porque ellos han sido designados en todas las provincias argentinas como hombres de alta responsabilidad, de elevado criterio y de lealtad a nuestro movimiento y a nuestros principios.

Esa designación, que en todos los tiempos de la República ha sido la suprema honra de esta democracia argentina, alcanza a todos esos constituyentes para quienes, en esta oportunidad, pongo con mis saludos el reconocimiento que el Partido Peronista debe a esta pléyade de hombres que están cumpliendo con este sagrado deber patriótico de dar a nuestra Patria una Constitución que sea realmente libre dentro del concepto de nuestra libertad; que sea realmente justa, dentro de lo que nosotros hemos anunciado. Entendemos poco de leyes, pero entendemos mucho de justicia.

Señores:

Para todos los ferroviarios, para todos los constituyentes, para el señor presidente de la Convención y para todos los trabajadores argentinos, una sola palabra que sintetice en nuestro lenguaje popular el momento de observación de la hora: unidos y alerta.

jueves, 11 de noviembre de 2021

Un Perón súper profético hablaba hace 68 años sobre la idea del ABC: "nosotros estamos amenazados a que un día los países superpoblados y superindustrializados, que no disponen de alimentos ni de materia prima pero que tienen un extraordinario poder, jueguen ese poder para despojarnos de los elementos que nosotros disponemos en demasía"

 DISCURSO EN LA ESCUELA NACIONAL DE GUERRA SOBRE EL ABC Y LA INTEGRACIÓN SURAMERICANA [1] Juan Domingo Perón [11 de Noviembre de 1953]





Señores:

He aceptado con gran placer esta ocasión para disertar sobre las ideas fundamentales que han inspirado una nueva política internacional en la República Argentina.

Es indudable que, por el cúmulo de tareas que yo tengo, no podré presentar a ustedes una exposición académica sobre este tema, pero sí podré mantener una conversación en la que lo más fundamental y lo más decisivo de nuestras concepciones será expuesto con sencillez y con claridad.

Las organizaciones humanas, a lo largo de todos los tiempos, han ido, indudablemente, creando sucesivos agrupamientos y reagrupamientos.

Desde la familia troglodita hasta nuestros tiempos eso ha marcado un sinnúmero de agrupaciones a través de las familias, las tribus, las ciudades, las naciones y los grupos de naciones y hay quien se aventura ya a decir que para el año 2000 las agrupaciones menores serán los continentes.

La evolución histórica de la humanidad va afirmando este concepto cada día con mayores visos de realidad.

Eso es todo cuanto podemos decir en lo que se refiere a la natural y fatal evolución de la humanidad.

Si ese problema lo transportamos a nuestra América surge inmediatamente una apreciación impuesta por nuestras propias circunstancias y nuestra propia situación.

El mundo, superpoblado y superindustrializado, presenta para el futuro un panorama que la humanidad todavía no ha conocido, por lo menos en una escala tan extraordinaria.

Todos los problemas que hoy se ventilan en el mundo son, en su mayoría, producto de esta superpoblación y superindustrialización, sean problemas de carácter material o sean problemas de carácter espiritual.

Es tal la influencia de la técnica y de esa superproducción, que la humanidad, en todos sus problemas económicos, políticos y sociológicos, se encuentra profundamente influida por esas circunstancias.

Si ése es el futuro de la humanidad, estos problemas irán progresando y produciendo nuevos y más difíciles problemas emergentes de las circunstancias enunciadas.

Resulta también indiscutible que la lucha fundamental en un mundo superpoblado es por una cosa siempre primordial para la humanidad: la comida.

Ese es el peor y el más difícil problema a resolver.

El segundo problema que plantea la industrialización es la materia prima; valdría decir que en este mundo que lucha por la comida y por la materia prima, el problema fundamental del futuro es un problema de base y fundamento económicos.

La lucha del futuro será cada vez más económica, en razón de una mayor superpoblación y de una mayor superindustrialización.

En consecuencia, analizando nuestros problemas, podríamos decir que el futuro del mundo, el futuro de los pueblos y el futuro de las naciones estará extraordinariamente influido por la magnitud de las reservas que posean: reservas de alimentos y reservas de materias primas.

Eso es una cosa tan evidente, tan natural y simple, que no necesitaríamos hacer uso ni de la estadística y menos aún de la dialéctica para convencer a nadie.

Y ahora, viendo el problema práctica y objetivamente, pensamos cuáles son las zonas del mundo donde todavía existen las mayores reservas de estos dos elementos fundamentales de la vida humana: el alimento y la materia prima.

Nuestro continente, en especial Sudamérica, es la zona del mundo donde todavía, en razón de su falta de población y de su falta de explotación extractiva, está la mayor reserva de materia prima y alimentos del mundo.

Esto nos indicaría que el porvenir es nuestro y que en la futura lucha nosotros marchamos con una extraordinaria ventaja frente a las demás zonas del mundo, que han agotado sus posibilidades de producción alimenticia y de provisión de materias primas, o que son ineptas para la producción de estos dos elementos fundamentales de la vida.

Si esto, señores, crea realmente el problema de la lucha, es indudable que en esa lucha llevamos nosotros una ventaja inicial, y que en el aseguramiento de un futuro promisorio tenemos halagüeñas esperanzas de disfrutarlo en mayor medida que otros países del mundo.

Pero precisamente en estas circunstancias radica nuestro mayor peligro, porque es indudable que la humanidad ha demostrado a lo largo de la historia de todos los tiempos que cuando se ha carecido de alimentos o de elementos indispensables para la vida, como serían las materias primas y otros, se ha dispuesto de ellos quitándolos por las buenas o por las malas, vale decir, con habilidosas combinaciones o mediante la fuerza.

Lo que quiere decir, en buen romance, que nosotros estamos amenazados a que un día los países superpoblados y superindustrializados, que no disponen de alimentos ni de materia prima pero que tienen un extraordinario poder, jueguen ese poder para despojarnos de los elementos que nosotros disponemos en demasía con relación a nuestra población y a nuestras necesidades.

Ahí está el problema planteado en sus bases más fundamentales, pero también las más objetivas y realistas.

Si subsistiesen los pequeños y débiles países, en un futuro no lejano podríamos ser territorio de conquista, como han sido miles y miles de territorios desde los fenicios hasta nuestros días.

No sería una historia nueva la que se escribiría en estas latitudes; sería la historia que ha campeado en todos los tiempos, sobre todos los lugares de la tierra, de manera que ni siquiera llamaría mucho la atención.

Es esa circunstancia la que ha inducido a nuestro gobierno a encarar de frente la posibilidad de una unión real y efectiva de nuestros países, para encarar una vida en común y para planear, también, una defensa futura en común.

Si esas circunstancias no son suficientes, o ese hecho no es un factor que gravite decisivamente para nuestra unión, no creo que exista ninguna otra circunstancia importante para que la realicemos.

Si cuanto he dicho no fuese real, o no fuese cierto, la unión de esta zona del mundo no tendría razón de ser, como no fuera una cuestión más o menos abstracta e idealista.

Señores: es indudable que desde el primer momento nosotros pensamos en esto; analizamos las circunstancias y observamos que, desde 1810 hasta nuestros días, nunca han faltado distintos intentos para agrupar esta zona del continente en una unión de distintos tipos.

Los primeros surgieron en Chile, ya en los días iniciales de las revoluciones emancipadoras de la Argentina, de Chile, del Perú.

Todos ellos fracasaron por distintas circunstancias.

Es indudable que, de realizarse aquello en ese tiempo, hubiese sido una cosa extraordinaria.

Desgraciadamente, no todos entendieron el problema, y cuando Chile propuso eso aquí a Buenos Aires, en los primeros días de la Revolución de Mayo, Mariano Moreno fue el que se opuso a toda unión con Chile.

Es decir que estaba en el gobierno mismo, y en la gente más prominente del gobierno, la idea de hacer fracasar esa unión.

Eso fracasó por culpa de la Junta de Buenos Aires.

Hubo después varios que fracasaron también por diversas circunstancias.

Pasó después el problema a ser propugnado desde el Perú, y la acción de San Martín también fracasó.

Después fue Bolívar quien se hizo cargo de la lucha por una unidad continental, y sabemos también cómo fracasó.

Se realizaron después el primero, el segundo y el tercer Congreso de México con la misma finalidad. Y debemos confesar que todo eso fracasó, mucho por culpa nuestra.

Nosotros fuimos los que siempre más o menos nos mantuvimos un poco alejados, con un criterio un tanto aislacionista y egoísta.

Llegamos a nuestros tiempos.

Yo no querría pasar a la historia sin haber demostrado, por lo menos fehacientemente, que ponemos toda nuestra voluntad real, efectiva, leal y sincera para que esta unión pueda realizarse en el continente.

Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender o unidos o dominados; pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a nosotros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes al año 2000, y llegar en mejores condiciones que aquella que nos podrá deparar el destino, mientras nosotros seamos yunque que aguantamos los golpes y no seamos alguna vez martillo; que también demos algún golpe por nuestra cuenta.

Es por esa razón que ya en 1946, al hacer las primeras apreciaciones de carácter estratégico y político internacional, comenzamos a pensar en ese grave problema de nuestro tiempo.

Quizá, en la política internacional que nos interesa, es el más grave y el más trascendente; más trascendente quizá que lo que pueda ocurrir en la guerra mundial, que lo que pueda ocurrir en Europa, o que lo que pueda ocurrir en el Asia o en el Extremo Oriente; porque éste es un problema nuestro, y los otros son problemas del mundo en el cual vivimos, pero que están suficientemente alejados de nosotros.

Creo también que en la solución de este grave y trascendente problema cuentan los pueblos más que los hombres y que los gobiernos.

Es por eso que, cuando hicimos las primeras apreciaciones, analizamos si esto podría realizarse a través de las cancillerías actuantes como en el siglo XVIII, en una buena comida, con lúcidos discursos, pero que terminan al terminar la comida, inoperantes e intrascendentes, como han sido todas las acciones de las cancillerías de esta parte del mundo desde hace casi un siglo hasta nuestros días; o si habría que actuar más efectivamente, influyendo no a los gobiernos, que aquí se cambian como se cambian las camisas, sino influyendo a los pueblos, que son los permanentes.

Porque los hombres pasan y los gobiernos se suceden, pero los pueblos quedan.

Hemos observado, por otra parte, que el éxito, quizá el único éxito extraordinario del comunismo, consiste en que ellos no trabajan con los gobiernos, sino con los pueblos.

Porque ellos están encaminados a una obra permanente y no a una obra circunstancial.

Y si en el orden internacional quiere realizarse algo trascendente, hay que darle carácter permanente.

Porque mientras sea circunstancial, en el orden de la política internacional no tendría ninguna importancia.

Por esa razón, y aprovechando las naturales inclinaciones de nuestra doctrina propia, comenzamos a trabajar sobre los pueblos, sin excitación, sin apresuramientos y, sobre todo, tratando de cuidar minuciosamente, de desvirtuar toda posibilidad de que nos acusen de intervención en los asuntos internos de otro Estado.

En 1946, cuando yo me hice cargo del gobierno, la política internacional argentina no tenía ninguna definición.

No encontramos allí ningún plan de acción, como no existía tampoco en los ministerios militares, ni siquiera una remota hipótesis sobre la cual los militares pudieran basar sus planes de operaciones.

Tampoco en el Ministerio de Relaciones Exteriores, en todo su archivo, había un solo plan activo sobre la política internacional que seguía la República Argentina, ni siquiera sobre la orientación, por lo menos, que regía sus decisiones o designios.

Nosotros habíamos vivido, en política internacional, respondiendo a las medidas que tomaban los otros con referencia a nosotros, pero sin tener jamás una idea propia que nos pudiese conducir, por lo menos a lo largo de los tiempos, con una dirección uniforme y congruente.

Nos dedicamos a tapar los agujeros que nos hacían las distintas medidas que tomaban los demás países.

Nosotros no teníamos iniciativa.

No es tan criticable el procedimiento, porque también suele ser una forma de proceder, quizá explicable, pues los pequeños países no pueden tener en el orden de la política internacional objetivos muy activos ni muy grandes; pero tienen que tener algún objetivo.

Yo no digo que nosotros vamos a establecer objetivos extracontinentales para imponer nuestra voluntad a los rusos, a los ingleses o a los norteamericanos; no, porque eso sería torpe.

Vale decir que en esto, como se ha dicho y sostenido tantas veces, hay que tener la política de la fuerza que se posee o la fuerza que se necesite para sustentar una política.

Nosotros no podemos tener lo segundo y, en consecuencia, tenemos que reducirnos a aceptar lo primero, pero dentro de esa situación podemos tener nuestras ideas y luchar por ellas para que las cancillerías, que juegan al estilo del siglo XVIII, no nos estén dominando con sus sueños fantásticos de hegemonías, de mando y de dirección.

Para ser país monitor -como sucede con todos los monitores- ha de ser necesario ponerse adelante para que los demás lo sigan.

El problema es llegar cuanto antes a ganar la posición o la colocación, y los demás van a seguir aunque no quieran.

De manera que la hegemonía no se discute; la hegemonía se conquista o no se conquista.

Por eso nuestra lucha no es, en el orden de la política internacional, por la hegemonía de nadie, como lo he dicho muchas veces, sino simple y llanamente la obtención de lo que conviene al país en primer término; en segundo término, lo que conviene a la gran región que encuadra el país; y en tercer término, al resto del mundo, que ya está más lejano y a menor alcance de nuestras previsiones y de nuestras concepciones.

Por eso, como lo he hecho en toda circunstancia, para nosotros: primero la República Argentina, luego el continente y después el mundo.

En esa posición nos han encontrado y nos encontrarán siempre, porque entendemos que la defensa propia está en nuestras manos; que la defensa, diremos relativa, está en la zona continental que defendemos y en que vivimos; y que la defensa absoluta es un sueño que todavía no ha alcanzado ningún hombre ni nación alguna de la tierra. Vivimos solamente en una seguridad relativa pensando, señores, en la idea fundamental de llegar a una unión en esta parte del continente.

Habíamos pensado que la lucha del futuro será económica; la historia nos demuestra que ningún un país se ha impuesto en ese campo, ni en ninguna lucha, si no tiene en sí una completa unidad económica.

Los grandes imperios, las grandes naciones, han llegado desde los comienzos de la historia hasta nuestros días, a las grandes conquistas, a base de una unidad económica.

Y yo analizo que si nosotros soñamos con la grandeza que tenemos la obligación de soñar para nuestro país, debemos analizar primordialmente ese factor en una etapa del mundo en que la economía pasará a primer plano en todas las luchas del futuro.

La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo, no tiene tampoco unidad económica; Chile solo, tampoco tiene unidad económica; pero estos tres países unidos conforman quizá -en el momento actual- la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro, porque toda esa inmensa disponibilidad constituye su reserva.

Estos son países reservas del mundo.

Los otros están quizá a no muchos años de la terminación de todos sus recursos energéticos y de materia prima; nosotros poseemos todas las reservas de las cuales todavía no hemos explotado nada.

Esa explotación que han hecho de nosotros, manteniéndonos para consumir lo elaborado por ellos, ahora en el futuro puede dárseles vuelta, porque en la humanidad y en el mundo hay una justicia que está por sobre todas las demás justicias, y que algún día llega.

Y esa justicia se aproxima para nosotros; solamente debemos tener la prudencia y la sabiduría suficientes para prepararnos a que no nos birlen de nuevo la justicia, en el momento mismo en que estamos por percibirla y por disfrutarla.

Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina.

Es indudable que, realizada esta unión, caerán a su órbita los demás países sudamericanos, que no serán favorecidos ni por la formación de un nuevo agrupamiento y probablemente no lo podrán realizar en manera alguna, separados o juntos, sino en pequeñas unidades.

Apreciado esto, señores, yo empecé a trabajar sobre los pueblos.

Tampoco olvidé de trabajar sobre los gobiernos, y durante los seis años del primer gobierno, mientras trabajábamos activamente en los pueblos, preparando la opinión para bien recibir esta acción, conversé con los que iban a ser presidentes, por lo menos, en los dos países que más nos interesaban: Getulio Vargas y el general Ibáñez.

Getulio estuvo total y absolutamente de acuerdo con esta idea, y en realizarla tan pronto él estuviera en el gobierno. lbáñez me hizo exactamente igual manifestación, y contrajo el compromiso de proceder de igual manera.

Yo no me hacía ilusiones porque ellos hubieran prometido esto, para dar el hecho por cumplido, porque bien sabía que eran hombres que iban al gobierno y no iban a poder hacer lo que quisieran, sino lo que pudieran.

Sabía bien que un gran sector de esos pueblos se iba a oponer tenazmente a una realización de este tipo, por cuestiones de intereses personales y negocios, más que por ninguna otra causa.

¡Cómo no se van a oponer los ganaderos chilenos a que nosotros exportemos sin medida ganado argentino a Chile!

¡Y cómo no se van a oponer a que solucionemos todos los problemas fronterizos para la internación de ganado los acopiadores chilenos, cuando una vaca o un novillo, a un metro de la frontera chilena hacia el lado argentino, vale diez mil pesos chilenos, y a un metro hacia Chile de la frontera argentina, vale veinte mil pesos chilenos!

Ese que gana los diez mil pesos no va a estar de acuerdo nunca con una unidad de este tipo.

Cito este caso grosero para que los señores intuyan toda la gama inmensa de intereses de todo orden que se desgranan en cada una de las cosas que come el pobre roto chileno y que producimos nosotros, o que consumimos nosotros y producen ellos.

Ese mismo fenómeno sucede con el Brasil.

Por esa razón nunca me hice demasiadas ilusiones sobre las posibilidades de ello; por eso seguimos trabajando por estas uniones, porque ellas deberán venir por los pueblos. Nosotros tenemos muy triste experiencia de las uniones que han venido por los gobiernos; por lo menos, ninguna en ciento cincuenta años ha podido cristalizar en alguna realidad.

Probemos el otro camino que nunca se ha probado para ver si, desde abajo, podemos ir influyendo en forma determinante para que esas uniones se realicen.

Señores, sé también que el Brasil, por ejemplo, tropieza con una gran dificultad: es Itamaraty, que allí constituye una institución supergubernamental.

Itamaraty ha soñado, desde la época de su Emperador hasta nuestros días, con una política que se ha prolongado a través de todos los hombres que han ocupado ese difícil cargo en el Brasil.

Ella los había llevado a establecer un arco entre Chile y el Brasil; esa política debe ser vencida con el tiempo y por un buen proceder de parte nuestra.

Debe desmontarse todo el sistema de Itamaraty y deben desaparecer esas excrecencias imperiales que constituyen, más que ninguna otra razón, los principales obstáculos para que el Brasil entre a una unión verdadera con la Argentina.

Nosotros con ellos no tenemos ningún problema -como no sea ese sueño de la hegemonía-, en el que estamos prontos a decirles: son ustedes más grandes, más lindos y mejores que nosotros; no tenemos ningún inconveniente.

Nosotros renunciamos a todo eso, de manera que ése tampoco va a ser un inconveniente.

Pero es indudable que nosotros creíamos superado en cierta manera ese problema.

Yo he de contarles a los señores un hecho que pondrá perfectamente en evidencia cómo procedemos nosotros y por qué tenemos la firme convicción de que al final vamos a ganar nosotros porque procedemos bien.

Porque los que proceden mal son los que sucumben víctimas de su propio mal procedimiento; por eso, no emplearemos en ningún caso ni los subterfugios, ni las insidias, ni las combinaciones raras, que emplean algunas cancillerías.

Cuando Vargas subió al gobierno me prometió que nos reuniríamos en Buenos Aires o en Río y haríamos ese tratado que yo firmé con Ibáñez después: el mismo tratado.

Ese fue un propósito formal que nos habíamos trazado. Más aún, dijimos: -Vamos a suprimir las fronteras, si es preciso.

Yo agarraba cualquier cosa, porque estaba dentro de la orientación que yo seguía y de lo que yo creía que era necesario y conveniente.

Yo sabía que acá yo lo realizaba, porque cuando yo le dijera a mi pueblo que quería hacer eso, yo sabía que mi pueblo querría lo que yo quería en el orden de la política internacional, porque ya aquí existe una conciencia política internacional en el pueblo y existe una organización.

Además, la gente sabe que, en fin, tantos errores no cometemos, de manera que tiene también un poco de fe en lo que hacemos.

Más tarde Vargas me dijo que era difícil que pudiéramos hacerlo tan pronto, porque él tenía una situación política un poco complicada en las Cámaras y que antes de dominarlas quería hacer una conciliación.

Es difícil eso en política; primero hay que dominar y después la conciliación viene sola.

Son puntos de vista; son distintas maneras de pensar.

El siguió un camino distinto y nombró un gabinete de conciliación, vale decir, nombró un gabinete donde por lo menos las tres cuartas partes de los ministros eran enemigos políticos de él y que servirían a sus propios intereses y no a los del gobierno.

Claro que él creyó que eso en seis meses le iba a dar la solución; pero cuando pasaron los seis meses el asunto estaba más complicado que antes.

Naturalmente, no pudo venir acá; no pudo imponerse frente a su Parlamento y frente a sus propios ministros a realizar una tarea, en la que había que ponerse los pantalones y jugarse frente a la política internacional mundial, frente a su pueblo, a su Parlamento y a los que había que vencer.

Naturalmente, yo esperé.

En ese ínterin es elegido presidente el general Ibáñez del Campo; la situación para él no era mejor que la situación de Vargas, pero en cierta manera llegaba plebiscitado, en todo lo que puede ser plebiscitado en Chile, con elecciones sui generis, porque allá se inscriben los que quieren, y los que no quieren, no.

Es una cosa muy distinta a la nuestra.

Pero él llega al gobierno naturalmente.

Tan pronto llega al gobierno, yo le informo lo que habíamos conversado, lo tanteé. Me dice: de acuerdo, lo hacemos. ¡Muy bien!

El general fue más decidido, porque los generales solemos ser más decididos que los políticos, pero antes de hacerlo, como yo tenía un compromiso con Vargas, le escribí una carta que le hice llegar por intermedio de su propio embajador, a quien llamé y le dije: -vea, usted tendrá que ir a con esta carta y tendrá que explicarle todo esto a su presidente. Hace dos años nosotros nos metimos a realizar este acto. Hace más de un año y pico que lo estoy esperando, y no puede venir. Yo pido autorización a él para que me libere de ese compromiso de hacerlo primero con el Brasil y me permita hacerlo primero con Chile. Claro que le pido esto porque creo que estos tres países son los que deben realizar la unión.

El embajador va allá y vuelve y me dice, en nombre de su presidente, que no solamente me autoriza a que vaya a Chile liberándome del compromiso, sino que me da también su representación para que lo haga en nombre de él en Chile.

Naturalmente, ya sé ahora muchas cosas que antes no sabía; acepté sólo la autorización, pero no la representación.

Fui a Chile, llegué allí y le dije al general Ibáñez: Tengo aquí todo listo y traigo la autorización del presidente Vargas, porque yo estaba comprometido a hacer esto primero con él y con el Brasil; de manera que todo sale perfectamente bien como lo hemos planeado, y quizás al hacerse esto se facilite la acción a Vargas y se vaya arreglando así mejor el asunto.

Llegamos, hicimos allá con el ministro de Relaciones Exteriores todas esas cosas de las Cancillerías, discutimos un poco, poca cosa y llegamos al acuerdo, no tan amplio como nosotros queríamos, porque la gente tiene miedo en algunas cosas y, es claro, salió un poco retaceado, pero salió.

No fue tampoco un parto de los montes, pero costó bastante convencer, persuadir, etcétera.

Y al día siguiente llegan las noticias de Río de Janeiro, donde el ministro de Relaciones Exteriores del Brasil hacía unas declaraciones tremendas contra el Pacto de Santiago: -que estaba en contra de los pactos regionales, que ésa era la destrucción de la unanimidad panamericana....

Imagínense la cara que tendría yo al día siguiente cuando fui y me presenté al presidente Ibáñez.

Al darle los buenos días, me preguntó: -¿Qué me dice de los amigos brasileños?

Naturalmente que la prensa carioca sobrepasó los límites a que había llegado el propio ministro de Relaciones Exteriores, señor Neves da Fontoura.

Claro, yo me callé; no tenía más remedio.

Firmé el tratado y me vine aquí.

Cuando llegué me encontré con Gerardo Rocha, viejo periodista de gran talento, director de 0 Mundo en Río, muy amigo del presidente Vargas, quien me dijo: -Me manda el presidente Vargas para que le explique lo que ha pasado en el Brasil. Dice que la situación de él es muy difícil; que políticamente no la puede dominar; que tiene sequías en el Norte, heladas en el Sur; y a los políticos los tiene levantados; que el comunismo está muy peligroso; que no ha podido hacer nada; en fin, que lo disculpe, que él no piensa así y que si el ministro ha hecho eso, que él tampoco puede mandar al ministro.

Yo me he explicado perfectamente bien todo esto; no lo justificaba, pero me lo explicaba por lo menos.

Naturalmente, señores, que planteada la situación en estas circunstancias, de una manera tan plañidera y lamentable, no tuve más remedio que decirle que siguiera tranquilo, que yo no me meto en las cosas de él y que hiciera lo que pudiese, pero que siguiera trabajando por esto.

Bien, señores. Yo quería contarles esto, que probablemente no lo conoce nadie más que los ministros y yo; claro está que son todos documentos para la historia, porque yo no quiero pasar a la historia como un cretino que ha podido realizar esta unión y no la ha realizado.

Por lo menos quiero que la gente piense en el futuro que si aquí ha habido cretinos, no he sido yo solo; hay otros cretinos también como yo, y todos juntos iremos al -baile del cretinismo.

Pero lo que yo no quería es dejar de afirmar, como lo haré públicamente en alguna circunstancia, que toda la política argentina en el orden internacional ha estado orientada hacia la necesidad de esa unión, para que, cuando llegue el momento en que seamos juzgados por nuestros hombres frente a los peligros que esta disociación producirá en el futuro, por lo menos tengamos el justificativo de nuestra propia impotencia para realizarla.

Sin embargo, yo no soy pesimista; yo creo que nuestra orientación, nuestra perseverancia, va todos los días ganando terreno dentro de esta idea, y estoy casi convencido de que un día lo hemos de realizar todo bien y acabadamente, y que tenemos que trabajar incansablemente por realizarlo.

Ya se acabaron las épocas del mundo en que los conflictos eran entre dos países.

Ahora los conflictos se han agrandado de tal manera y han adquirido tal naturaleza que hay que prepararse para los grandes conflictos y no para los pequeños conflictos.

Esta unión, señores, está en plena elaboración; es todo cuanto yo podría decirles a ustedes como definitivo.

Estamos trabajándola, y el éxito, señores, ha de producirse; por lo menos, nosotros hemos preparado el éxito, lo estamos realizando, y no tengan la menor duda de que el día que se produzca yo he de saber explotarlo con todas las conveniencias necesarias para nuestro país, porque, de acuerdo con el aforismo napoleónico, el que prepara un éxito y lo conquista, difícilmente no sabe sacarle las ventajas cuando lo ha obtenido.

En esto, señores, estoy absolutamente persuadido de que vamos por buen camino.

La contestación del Brasil, buscando desviar su arco de Santiago a Lima, es solamente una contestación ofuscada y desesperada de una cancillería que no interpreta el momento y que está persistiendo sobre una línea superada por el tiempo y por los acontecimientos; eso no puede tener efectividad.

La lucha por las zonas amazónicas y del Plata no tiene ningún valor ni ninguna importancia; son sueños un poco ecuatoriales y nada más.

No puede haber en ese sentido ningún factor geopolítico ni de ninguna otra naturaleza que pueda enfrentar a estas dos zonas tan diversas en todos sus factores y en todas sus características. Aquí hay un problema de unidad que está por sobre todos los demás problemas, y en estas circunstancias, quizá muy determinantes, de haber nosotros solucionado nuestros entredichos con Estados Unidos, tal vez esto favorezca en forma decisiva la posibilidad de una unión continental en esta zona del continente americano.

Señores: como ha respondido el Paraguay, aunque es un pequeño país; como irán respondiendo otros países del continente, despacito, sin presiones y sin violencias de ninguna naturaleza, así se va configurando ya una suerte de unión.

Las uniones deben realizarse por el procedimiento que es común: primeramente hay que conectar algo; después las demás conexiones se van formando con el tiempo y con los acontecimientos.

Chile, aun a pesar de la lucha que deben sostener allí, ya está unido con la Argentina.

El Paraguay se halla en igual situación.

Hay otros países que ya están inclinados a realizar lo mismo. Si nosotros conseguimos ir adhiriendo lentamente a otros países, no va a tardar mucho en que el Brasil haga también lo mismo, y ése será el principio del triunfo de nuestra política.

La unión continental a base de Argentina, Brasil y Chile está mucho más próxima de lo que creen muchos argentinos, muchos chilenos y muchos brasileños; en el Brasil hay un sector enorme que trabaja por esto.

Lo único que hay que vencer son intereses; pero cuando los intereses de los países entran a actuar, los de los hombres deben ser vencidos por aquéllos, ésa es nuestra mayor esperanza.

Hasta que esto se produzca, señores, no tenemos otro remedio que esperar y trabajar para que se realice; y ésa es nuestra acción y ésa es nuestra orientación.

Muchas gracias.

JUAN DOMINGO PERÓN

[1] Invitado por el señor Ministro de Defensa Nacional, General de División D. Humberto Sosa Molina, a escuchar una conferencia que dictaría a los cursantes el señor Director de la Escuela Nacional de Guerra, General de División D. Horacio A. Aguirre, el Excelentísimo señor Presidente de la Nación, General de Ejército D. JUAN PERÓN, asistió al mencionado Instituto Superior, en compañía del señor Ministro invitante. Terminada la conferencia del señor General Aguirre, el primer magistrado hizo uso de la palabra y vertió los conceptos que se transcriben.

martes, 27 de agosto de 2019

Hace 46 años hablaba Juan Perón ante las mujeres del movimiento peronista




DISCURSO EN EL CONGRESO DE MUJERES CONVOCANDO A SU PARTICIPACIÓN Juan Domingo Perón 
[27 de Agosto de 1973]


Es un inmenso placer para mí dirigirles la palabra a las dirigentes del Movimiento Peronista en la Rama Femenina, especialmente del interior del país.
Creo que el interior del país representa, tanto en el sector femenino como en los demás sectores de nuestro Movimiento, las grandes reservas espirituales que han de servir para encaminar la vida nacional, un poco salida de cauce después de 18 años de lucha, de desorden y de incuria gubernamental.
Hace ya más de 25 años y por iniciativa de Eva Perón, los legisladores justicialistas concedieron a través de una ley justa y esperada, los derechos políticos a la mujer argentina. Desde entonces hasta nuestros días, ha pasado una larga etapa en la que la mujer, frente a la lucha cruenta que se ha venido desarrollando, ha hecho su acción silenciosa, tranquila pero efectiva, en la propia casa y a través de todas las familias argentinas. Basta pasar por aquí para ver a los pibes de dos o tres años y persuadirse de que ahí está el verdadero maná.
De manera que ese trabajo realizado con verdadera dedicación y amor, es el que el país necesita para que todas las familias argentinas puedan conformar espiritualmente una nación y aventar lejos de sí las pasiones insanas y la delincuencia que, desgraciadamente, ha proliferado de una manera pavorosa en nuestro país; delincuencia que no es solamente, como algunos creen, que se trata de cuatro o cinco chiquilines mal encaminados en los famosos potreros, verdaderas escuelas de delincuencia. Pero esa delincuencia es insignificante frente a otra gran delincuencia que actuaba arriba y que se había apoderado de los resortes del gobierno, terminando por descomponer al Estado. De esa descomposición es preciso volver antes de empeñarse en ninguna tarea de aliento. Esto es necesario comprenderlo. La destrucción del Estado ha sido realizada y han quedado los agentes de esa destrucción. Nos basta ver a qué precio se vendió el trigo, la carne, para darse cuenta de que cuando uno aprieta en cualquier lugar, salta una gota de pus.
Esa es la verdadera delincuencia, no la delincuencia común a todas las comunidades en el mundo; insignificante al lado de esa delincuencia de alto bordo. Un infeliz le saca veinte pesos del bolsillo a un pobre que anda por la calle, mientras que el otro le saca millones a todos los argentinos.
Por eso digo que la mujer, en estas circunstancias, tiene una tarea extraordinaria que realizar. Es curioso: cuando en las comunidades y en los pueblos la mujer se dedica solamente a los menesteres de su propia casa y abandona las posibilidades de ser útil a esa comunidad, el país renuncia a la mitad de su verdadera riqueza, porque hoy, como en todos los tiempos, la mayor riqueza de un país reside en sus propios habitantes. Esa es una riqueza a menudo menospreciada, pero se puede comprobar perfectamente cuando compulsa países que no tienen riquezas ni territorios y tienen, en cambio, muchos habitantes. En estos casos, se defienden con esa riqueza humana, que es la mejor riqueza que un país puede tener.
La República Argentina, con su enorme extensión, que llega a casi tres millones de kilómetros cuadrados, sólo está poblada por 24 millones de argentinos. Se trata, todavía, de un país deshabitado en la mayor extensión de su territorio. Precisamente, ése es uno de los factores más negativos en el desarrollo y en el progreso de nuestro país.
Si nosotros no somos capaces de incorporar a la mujer al rendimiento activo del país, estamos renunciando a la mitad de las posibilidades que tenemos para nuestra grandeza futura.
Imaginen ustedes que de esos 24 millones de habitantes la mujer no trabaje y no actué en las verdaderas actividades del desarrollo y del progreso del país. En este supuesto, evidentemente, estamos quedando con la mitad, que son los hombres. De esa mitad, descontando los jóvenes que estudian o los viejos que ya no actúan, quedarían siete millones escasos sin contar todavía los vagos, que es otro sector.
Es decir, que esos siete millones de habitantes son los que deben sostener el peso del esfuerzo nacional.
¡Qué diferente sería si por lo menos trabajase en las mismas condiciones el sector femenino! Entonces contaríamos con 14 millones de habitantes para llevar adelante el país.
De todo esto se infiere, preferentemente, la necesidad de incorporar a la mujer a la actividad viva del país. La mujer esta en las mismas condiciones del hombre y no debe ser reducida a menesteres inferiores, pues ella puede competir con él en la tecnología, en el trabajo científico, en la investigación y en toda clase de estudios.
Hay un ejemplo que está latente y viviente: China. Era un país donde anualmente se morían de hambre de doce a quince millones de habitantes, porque la producción alimenticia, a pesar del empeño de los habitantes de su territorio no daba para todos.
La sabiduría del sistema instaurado en la República Democrática China dio su lugar a la mujer, y hoy ella rinde a la par del hombre. Ese país, donde anualmente se moría de hambre un sector de gran importancia, no solamente ha satisfecho sus necesidades, sino que ha alcanzado su desarrollo en todos los órdenes y hoy en su día se da el lujo de exportar comida.
Eso en gran parte se debe a la acción de la mujer china que ha tomado en serio la tarea de colaborar y de trabajar. Trabaja en el campo, en las ciudades, en la industria, en la técnica; en todo la mujer está presente. Y para muchas de esas cosas la mujer es mucho más apta que el hombre. De manera que siempre habrá lugar preferente para que las mujeres puedan también ser el factor de desarrollo y progreso que el país está esperando. Y ésta es una cosa fundamental que ya he dicho en otras oportunidades. A nosotros, en el país nos está pasando lo que le pasaría a una persona a la que le dijeran: “Vea, señor: usted va a vivir en el Sheraton, pero tiene que pagar los gastos”. Evidentemente, no podría vivir ninguno allí.
Nosotros tenemos en esos tres millones de kilómetros algo mucho más grande que el Sheraton, y somos apenas veinticuatro millones para pagar las expensas de esos tres millones. No estamos en condiciones de restarle ni siquiera un chico al trabajo cuando pueda realizar esa tarea.
Compañeras: deseo manifestarles que el movimiento peronista no comienza ahora a darse cuenta de este problema, sino que hace treinta años trató de poner en marcha este desarrollo. Desgraciadamente, en 1955, al perder el pueblo su gobierno legal y constitucional -derribado por un golpe de estado- perdió también las posibilidades de una continuidad que hoy estaría cantando a gloria en este país.
Nosotros, que venimos sosteniendo todas estas necesidades, hemos asistido con dolor a todo cuanto ha ocurrido en la destrucción flagrante que se ha realizado en estos dieciocho años de vergüenza nacional. Hemos visto desaparecer la Fundación Eva Perón, que era una maravilla; hemos visto caer toda la organización asistencial, para no tener hoy un hospital en donde un pobre pueda ir a atenderse sin tener que pagar y llevar sus cosas. Hemos visto a nuestros jubilados arrastrando su pobreza y su desgracia por las calles en reclamo del sueldo que tenían derecho a cobrar.
En fin: para qué entrar más en esto, cuando estamos viendo que por millones se están muriendo los niños en el país a causa de debilidades constitucionales que son, a la vez, miserias fisiológicas y miserias sociales. Esto es lo primero que tenemos que resolver.
Algunos hablan de grandes proyectos para el desarrollo, etc. Primero debemos curar los males que tenemos. No podemos curar sobre el pus; hay que romper la cáscara y raspar hasta el hueso, para después curar.
En toda inmensa tarea de reconstruir lo que han venido destruyendo durante tantos años, la mujer, con su sensibilidad y capacidad, tiene una tarea extraordinaria para realizar. La responsabilidad de las mujeres argentinas es tan grande en este momento como la de los hombres, o mayor, porque en la descomposición moral que ha producido, la mano y la palabra de la mujer tienen una influencia decisiva, mucho más decisiva que la palabra del propio hombre que dirige la casa.
Esta escuela, que será en base a una reforma educacional, se ha de realizar en el Estado, pero cada mujer que ponga un granito de arena en la realización de esa moralización nacional que se ha perdido, estará colocando también un pequeño ladrillo para la reconstrucción de la grandeza futura de nuestra Patria.
Es indudable que la reconstrucción en que nosotros hemos de empeñarnos decisivamente comenzará a colocar sus cimientos sobre esas formas destruidas por la incuria anterior. Tenemos que salvar a a familia, que también está comprometida, porque cuando las comunidades se descomponen y su moral cede, la primera que sufre es la familia. Apuntalar esta institución es la base de nuestro orden futuro, pero es también la responsabilidad más grave que tiene la mujer argentina.
Es para eso que nuestras mujeres tienen que organizarse. No se trata solamente de tener una organización política para votar cuando las circunstancias de elegir bien así lo imponen, sino también de tener una organización viva y latente en permanencia, para que actuando como factor de poder a través de las amas de casa o de las sociedades de mujeres, pueden imponer donde no sea suficiente con sugerir.
Dicen que el factor más determinante en la grandeza de Esparta fueron sus mujeres. Tanto es así que en la visita de los romanos a Esparta ellas sabían hablar de sus hombres. Y cuando los romanos les decían de la grandeza de las mujeres de Esparta, ellas sabían contestar: “Es que nosotras sabemos dar a luz hombres”.
Esa es la tarea de nuestras mujeres: dar a luz hombres, y mantenerlos hombres, cuando se forman y cuando se desarrollan, y aún después, cuando en la pubertad comienzan a accionar.
En este sentido, la mujer es, para nuestra reconstrucción, un factor más importante que todas las instituciones y que todas las asociaciones de moral y demás. Esa es la escuela que se forma desde el nacimiento del niño hasta los seis años, donde se le mete la moral en el subconsciente para que no la pierda jamás.
Es decir, compañeras, que yo considero, después de haber tomado contacto con nuestro país, que el problema más grave que se ha producido ha sido el intento de destrucción del argentino. Porque en eso se ha estado trabajando: para destruir al hombre argentino. No hay duda de que no puede haber una destrucción peor y, en consecuencia, no puede existir ningún empeño más grande para nosotros que el de reconstruir cuanto antes a ese hombre que ha comenzado a destruirse.
Y esa es una tarea que debemos confiar a la mujer argentina. Nadie lo podrá hacer en su remplazo. Para esto es necesario que las mujeres de nuestro Movimiento estén unidas solidariamente en la realización de esta tarea; es para esa tarea que hay que unirse y organizarse.
Indudablemente que a lo largo del tiempo eso ha de reconstruirse con la mayor perfección, sobre todo si conseguimos nosotros reconstruir el Estado, que también ha sido destruido. Ha sido destruido e infiltrado con la destrucción, y eso es, sin duda, después de la destrucción del hombre, la peor destrucción que se ha producido en el país. Hemos de reconstruirlo de cualquier manera sin necesidad de recurrir a medidas cruentas; nos tomaremos el tiempo y, de acuerdo con nuestro slogan, lo realizaremos todo en su medida y armoniosamente.
Y ahora, compañeras, quiero dedicarme un poco al problema político. En este sentido, quiero confesarles a ustedes una decisión de la conducción del Comando Superior de nuestro Movimiento, tomada ya en los comienzos de nuestra lucha, en 1956. Fue la de encarar la lucha política, que sabíamos que un día habría de llegar a ser cruenta y dura, evitando, en esa acción, comprometer a la Rama Femenina de nuestro Movimiento, que bien podía trabajar en otros sentidos menos comprometidos que la lucha activa en el campo insurreccional, en el que, naturalmente, estuvimos tantos años. Es decir, evitarle a nuestras mujeres un esfuerzo que habría de ser realizado por los hombres sin ellas, como decían las espartanas, habían hecho hombres.
La lucha se ha realizado; indudablemente la Rama Femenina ha estado un poco retenida. La consecuencia de ello ha sido una disminución en la actividad de la misma. Hasta cierto punto actuaron los sectores que obedecían a focos de caudillismo, que se sostuvieron merced a la existencia de algunos caudillos y caudillas regionales, a las que no les debemos cargar la culpa de nada, porque el caudillismo, en la acción política, es una excrecencia natural de la misma. Entonces, es como nos ocurre a nosotros, que por ahí nos sale un grano. Eso es natural del estado físico.
Pero ha llegado el momento en que debemos evitar eso, una excrecencia de tiempos anormales de lucha, para cambiarlo por un estado institucional de la misma. Es decir, el Movimiento Peronista ya está en camino de reemplazar su sentido y su formación gregaria para ser transformado en una institución, y esto debe ser así por la simple razón de que el hombre no puede vencer al tiempo; lo único que vence al tiempo es la organización.
Entonces, pensemos que si han pasado años en nuestra lucha, casi exclusivamente gregaria, ha llegada el momento en que por su propia tradición, el Movimiento encare su organización integral, respetando, sin duda, su propia tradición, manteniendo una organización política con dos ramas, la Masculina y la Femenina, que nos han dado muy buen resultado. También deben mantenerse la rama sindical y la rama juvenil.
Yo siempre ha propugnado que la juventud tenga su propia organización, y esto es una cosa que me ha enseñado la experiencia. A los muchachos hay que dejarles que desarrollen sus alas y vuelen; no hay que cortárselas, dado que ya el tiempo se va a encargar de arreglarles esas alas. Pero hay que dejar a la juventud que tenga vuelo, y que vuele lo que quiera.
Ya el tiempo se encargará de atemperarlos. Hay que persuadir tanto a las muchachas como a los muchachos, de que el destino es de ellas y de ellos; que nosotros los viejos estamos dando los últimos empujones que nuestra experiencia nos aconseja, en beneficio de ellos. Ya no trabajamos para nosotros; trabajamos exclusivamente para ellos.
Naturalmente, también es necesario que nosotros los viejos nos persuadamos de la necesidad de realizar un trasvasamiento generacional que mantenga joven al Movimiento. Es indiscutible que esto no se puede realizar tirando un viejo por la ventana todos los días, porque indudablemente, la nueva generación ha de llegar a la función preparada, aunque hay algunos muchachos que no agarran si no los ponen de ministros. Desgraciadamente para ellos, el oficio es así, pero hay que ir escalando a medida que la capacidad y el esfuerzo hayan demostrado a los demás lo que cada uno vale. El progreso sistemático es lo que lo lleva a uno a una función de responsabilidad. En política no se regala nada; todo hay que ganárselo. Y después que uno se lo ha ganado, tiene que cuidarlo porque el prestigio es como la riqueza: si uno la derrocha, se queda pronto pobre.
Todos estos factores que hacen realmente a la organización, son decisivos para la acción de conjunto, y lo que en política se busca, en última instancia, es, precisamente, la acción de conjunto.
Hace pocos días un señor político me escribió una carta diciéndome que en vez de hacer una campaña para la elección. Arregláramos el asunto discutiendo por televisión.
Esto me hace acordar a un amigo mío que una vez me propuso un negocio de vender sándwiches de vaca y de pollo. Cuando le pregunté, cómo era eso, me contestó: un pollo, una vaca, vos pones la vaca. Ah, bueno, dije yo.
Indudablemente que estos inventores del paraguas, a esta altura de nuestra política, no tienen ninguna importancia, Lo que sí tiene importancia es lo que el pueblo decida, y a quien hay que recurrir en estas circunstancias es solamente al pueblo, que no es tan ignorante ni tan atrasado como algunos creen. Y que sobre todo tiene una excelente nariz, porque huele todo a la distancia.
Todos estos factores, compañeras, son los que hacen a la necesidad de organizarce. Y la organización política de la Rama Femenina tiene una importancia decisiva, porque de esa organización han de salir, en el futuro, los grupos para las instituciones de bien público, que la mujer pondrá en marcha en defensa de la propia familia y de la propia comunidad.
Bien, compañeras, yo quiero terminar esta charla pidiéndoles que, cuando regresen a sus respectivas jurisdicciones, les transmitan a todas las mujeres peronistas, mi respeto y mi cariño, pensando como siempre, que ellas son el baluarte moral de nuestro Movimiento.
He visto desfilar delante mío legiones políticas de todo orden y creo que tengo la experiencia suficiente para poder decir que la Rama Femenina ha sido siempre un baluarte de nuestra organización, que no solamente ha trabajado y se ha portado bien, sino que no ha dado trabajo a la conducción y ha ayudado en una medida indescriptible, para que nuestro Movimiento se mantenga.
Eva Perón fundó este Movimiento, lo encaminó, lo organizó y le dio las prendas de su alta moral política. Siempre ha pensado que, como decía Martín Fierro, el nacimiento es lo fundamental, ya que el árbol que nace torcido, nunca su tronco endereza. Este Movimiento nació bien.
Inauguraremos ahora una segunda etapa de esa marcha ascendente de la Rama Femenina.
Yo espero que llegue, con mi palabra de saludo y de agradecimiento a todas las mujeres peronistas, la exhortación más sincera y mi pedido más empeñoso para que dediquen un poco de actividad a esa organización, hasta conformar una Rama Femenina unida, solidaria y organizada.
Hace muchos años que converso y voy tratando de pasar las grandes reglas y los grandes principios de la conducción a Isabel. Tengo confianza en que ella no nos ha de defraudar. La tarea de la organización general no es un cosa simple, pero ella, ayudada por todas ustedes, puede llegar a alcanzar la organización a que aspiramos en la rama femenina del Movimiento Nacional Justicialista. Los viejos le pasaremos nuestra experiencia, los jóvenes le darán su entusiasmo y su decisión; y entre todos trataremos de hacer una Rama Femenina como hasta ahora, que no sólo ha sido ejemplo sino que también es honor del Movimiento.
Finalmente, compañeras, antes de dar por terminada esta reunión, les ruego que lleven a cada una de las regiones a las que ustedes pertenecen, junto con nuestro saludo más afectuoso, nuestros mejores deseos. Y nos empeñaremos para que a cada una de esas regiones llegue cuanto antes la reconstrucción en que estamos empeñados.
Muchas gracias por todo y saludo a las compañeras.
JUAN DOMINGO PERÓN