DISCURSO DEL GRAL. PERÓN EN UN AGASAJO DE LOS FERROVIARIOS AL CORONEL DOMINGO A. MERCANTE
(Acto realizado en dependencias de la central de la Unión Ferroviaria, con la presencia, entre otros, de la señora María Eva Duarte de Perón; del doctor Héctor Cámpora, presidente de la Cámara de Diputados de la Nación; y del secretario de Industria y Comercio, José Constantino Barros.)
Compañeros:
Yo tengo una infinita satisfacción de haber podido compartir esta amable mesa de amigos y de viejos camaradas para rendir un homenaje al coronel Mercante. Para adherir a él, empleo simplemente las palabras de un viejo amigo y compañero. Cuando yo debo hablar del coronel Mercante, sea en el campo de la íntima amistad como en el campo político, me siento en cierta manera cohibido, porque el coronel Mercante y yo somos casi una misma persona. De modo, señores, que los homenajes que le tributan nuestros amigos, me alcanzan en cierta manera y como no me gusta hablar de mí mismo, hablo también siempre muy poco de Mercante.
Señores:
Para mí este homenaje tiene el alto significado de la consecuencia inalterable de este gremio tan benemérito dentro de todas las organizaciones obreras de nuestro país. Yo no olvido ni olvidaré jamás que los ferroviarios fueron los hombres que lucharon con igual tesón a nuestro lado en las horas tranquilas o en las horas inciertas de nuestro movimiento. Yo no olvido ni olvidaré jamás que a esta misma casa llegamos con Mercante el mismo día que llegamos a la Secretaría de Trabajo y Previsión y que la vida de esta casa es una vida paralela a la de la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por tal razón, el recuerdo amable de esa casa de tan duro luchar y batallar está ligado a la lucha de esta casa en la que los ferroviarios nos dieron la inmensa satisfacción de poder sentirnos compañeros de lucha y de trabajo en las horas inciertas.
Hace pocos instantes el compañero López [Pablo Carnero López, presidente de la Unión Ferroviaria] ha dicho palabras que obligan al reconocimiento de los gobernantes argentinos. Ha pronunciado palabras de apoyo, de solidaridad de la clase trabajadora argentina, sin cuyo apoyo y sin cuya solidaridad nuestro movimiento quedaría sumido en el vacío. El movimiento argentino es eminentemente popular y, por esa razón, es eminentemente obrero y, como también lo ha dicho López, están llegando horas de hablar claro y yo agregaría a esto: de obrar decididamente.
Compañeros:
Es interesante que yo pueda hacer en el seno de esta amable reunión un ligero examen del significado “hablar claro y obrar con decisión”. Nuestro movimiento, nacido al calor de esas primeras reivindicaciones, está llegando a una etapa de superación que no puede ser fácilmente tolerada por aquellos que van perder la última esperanza de poner una traba infranqueable a nuestro movimiento.
En este sentido, si analizamos rapidísimamente la situación, podremos establecer que la superación total de los objetivos políticos trazados en nuestra reforma se ha realizado ya. Si pensamos que los objetivos sociales delineados en nuestros primitivos planes de la Secretaría de Trabajo, y que constituían la etapa fundamental de la reforma social, han sido ya superados en su mayor parte; si pensamos que los objetivos económicos, que también estructuramos en la reforma proyectada con nuestro arribo al gobierno, han sido en su mayor parte superados, es lógico que pensemos que nuestros adversarios, frente a la superación de tales objetivos, se opusieran a la consolidación de los mismos mediante una lucha anti–reforma de la Constitución. En esta lucha fueron nuevamente derrotados, como fueron vencidos el 17 de octubre, el 24 de febrero y en todas las elecciones.
Difícilmente se perdona a las agrupaciones políticas o sociales que obtengan éxitos tan decisivos durante tanto tiempo sin que alguien salga al cruce a presentarles lucha. Nuestros opositores son hombres enconados, sin escrúpulos de ninguna naturaleza, que emplean las armas más innobles que puedan encontrarse en el campo político. Son hombres obcecados que, con tal de vencer en esta lucha, serían capaces de aliarse con el diablo y, quizá peor que con el diablo, porque el diablo podría ser argentino, en cambio, ellos se alían con el diablo extranjero.
¿Qué es lo que sucede en el campo político? Hasta ahora nuestra acción realizada con decisión y rapidez obró por sorpresa, y sorpresivamente le fuimos arrebatando una por una todas las conquistas que representan los objetivos económicos, sociales y políticos que estamos consolidando en la Constituyente. Esos objetivos fueron arrebatados por nuestra acción decisiva y decidida de hombres de lucha. Pero, durante ese tiempo, todo ese núcleo de que hablo y que representa la flor y nata de todo el desplazamiento político ocurrido en nuestro país ha tenido tiempo para organizarse y organizar una lucha en contra del movimiento revolucionario.
¿En qué consiste esa lucha? Es muy simple. Ellos presentaron batalla el 17 de octubre y fueron aniquilados; la volvieron a presentar el 24 de febrero y fueron derrotados, y así sucesivamente hasta la última elección para la Constituyente, batalla en la que también fueron aniquilados. Se han dado cuenta de que, frente a nosotros, la lucha de conjunto le será adversa por mucho tiempo, por lo menos. Entonces, recurren a la guerra irregular, a la lucha irregular, caracterizada por ese rumoreo, por ese tipo de murmuración a que nos tienen acostumbrados las comadres de barrio, quienes no pudiéndose vengar abiertamente, se conforman con el cuchichear al oído de los demás, la calumnia, la insidia, el rumor o la mentira. Es la forma de lucha de los incapaces que está demostrando palmariamente que esta gente no es capaz de la lucha abierta, y esto ha de decidirse en la lucha abierta, lo que equivale a significar que, en esta clase de peleas, ya hemos vencido, porque no tenemos delante de nosotros capacidad de lucha, sino incapacidad manifestada en el chismorreo permanente con que quieren estos señores minar los pétreos cimientos sobre los cuales hemos afirmado definitivamente nuestras conquistas.
Compañeros:
Estaría demás que explicáramos la razón de ser de todos esos chismes y rumores que circulan y que evidencian la incapacidad material y moral de nuestros adversarios y que califica su estado espiritual y su descomposición de espíritu. Esto sería dar por el pito más de lo que el pito vale. Sin embargo, si ellos han renunciado ya a la lucha abierta para enfrentar una masa con otra masa, no quiere decir que no las hemos de enfrentar en el campo de lucha en que ellos se presentan. Sería un error de nuestra parte. Los vamos a luchar y los vamos a pelear en el campo que ellos elijan y con las armas que quieran. Lo importante es que sepan que, hasta ahora, no hemos salido a la palestra porque hemos despreciado sus magras fuerzas y sus miserables posibilidades. Pero hemos de hacerles el juego y saldremos a lucharles en el medio que ellos creen que más les es propicio, aunque, naturalmente, no habremos de descender a emplear las mismas armas que ellos están empleando.
Nosotros tenemos un arma que es como mostrarle la cruz al diablo: la verdad. Les mostraremos la verdad y van a salir disparando igual que el diablo cuando está escaldado. Esta lucha había que esperarla.
¿Cuál es, en pocas palabras, el desarrollo de nuestro programa de acción? En lo político, los hechos consumados; en lo social, también; pero lo que más les duele no es ni una ni otra cosa, es lo económico, porque ellos tienen, como he dicho muchas veces, la víscera más sensible en el bolsillo.
En este aspecto, cuando nos hicimos cargo del gobierno no se había realizado todavía la reforma económica. ¿En qué consistía esta reforma económica? Lisa y llanamente en la conquista de la independencia económica. Palabras simples de decir, hecho muy difícil y azaroso de cumplir.
Nuestra independencia económica, he dicho muchas veces, tiene dos etapas. La primera es la de recuperación económica. La segunda, la consolidación de la economía interna y el aseguramiento de la independencia económica en lo internacional.
Si hace veinte o [hace] cinco años, un iluso como yo, les hubiera dicho a ustedes, dentro de tres años vamos a comprar los ferrocarriles, vamos a pagar la deuda externa, a comprar una marina mercante de un millón y medio de toneladas, vamos a argentinizar los puertos que son extranjeros, a comprar las compañías telefónicas, a nacionalizar los seguros y reaseguros, a nacionalizar el Banco Central, vamos a eliminar los pulpos que están medrando a costilla de nuestros agricultores, vamos a poner en vigencia una Constitución que obligue a terminar con el latifundio en forma legal, vamos a entregar la tierra quien la trabaje… ¿Qué hubieran dicho ustedes? Este está loco. Pues, señores, eso está hoy realizado. Si hace veinte o [hace] cinco años hubiera dicho yo eso antes de realizarlo, hubieran dicho que éste es un estúpido, ignorante y petulante. ¿Cómo hemos realizado eso? Merced a echar mano de todos los recursos que fueran posibles porque las grandes empresas imponen grandes sacrificios. Sin embargo, apuesto al que quiera que ningún argentino ha sentido todavía el sacrificio por haber realizado una obra tan magna y tan extraordinaria como la que
acabo de enunciar.
Esta es la verdad, es la verdad humilde que nadie puede discutir, que nadie puede deformar y que nadie, que no sea un mentiroso, puede negar.
¿En qué consistía el sacrificio que los argentinos debíamos realizar como precio de esta magna empresa de recuperación nacional? Para hacerla, confieso que hemos negociado nuestra producción a mejores precios que los que antes se negociaban, y aquellos señores a quienes antes le cobrábamos 6 pesos por el quintal de trigo y hoy le cobramos 60, están disgustados. Precisamente ellos que durante cien años nos hicieron lo mismo. ¿Qué de malo tiene que nosotros hayamos procedido así con ellos durante tres años?
Esta es la realidad, pero los efectos son más graves que la realidad. Indudablemente, en estos tres años hemos conseguido nuestros objetivos, pero tenemos que sostenerlos ahora contra los enemigos de adentro y de afuera. Enemigos de adentro caracterizados por esos señores que ya no pueden medrar a costa del hambre y de la necesidad del pueblo argentino; por esos señores que no pueden especular sin quedarse en la calle como les está sucediendo hoy. Eso levanta resistencias en el orden interno a las cuales nosotros tenemos que hacer frente. No han de ser todas flores en esta acción; habrá también espinas y nos espinaremos con gusto si merced a esos espinamientos podemos sacar adelante las conquistas alcanzadas.
Pero lo más malo no está en eso; lo más malo está en que los argentinos de adentro están aliados a los que, desde afuera, nos hacen la guerra económica para castigar la osadía argentina de haber querido creer que éramos capaces de disponer que la riqueza argentina sea para los argentinos.
Señores:
Desde 1810 a 1823 la Argentina vivió una etapa como la actual. Como nosotros, soñaron aquellos hombres; como nosotros, se revolucionaron; como nosotros, fueron a Tucumán y declararon la Independencia y, más adelante, lucharon y murieron por mantenerla y afirmarla. No creo que el pueblo argentino haya descendido tanto que, después de haber ido a Tucumán a jurar esa independencia, no sea capaz de morir, si es necesario, por ello.
Vivimos una nueva etapa histórica; lo que muchos argentinos no han comprendido, todavía, es que estamos viviendo una nueva epopeya. Los argentinos que no lo hayan comprendido así, son hombres que no están a la altura de su época. Los hubo también antes, y los habrá ahora; pero lo que sí puedo asegurar es que este movimiento podría fracasar por falta de apoyo. Nosotros debemos asegurarle ese apoyo. Personalmente no hablo con ningún otro interés que no sea el bien del pueblo. No hablo con ninguna otra intención que no sea el bien de la Patria. Un hombre que ha llegado a la situación a que yo he llegado, frente a esa inmensa responsabilidad, no va a pensar en las pequeñeces de nuestras luchas políticas internas o externas del movimiento. Yo sólo pienso en esa causa superior que es la de todos los argentinos, estén con nosotros o estén en contra de nuestro movimiento, porque también hemos de hacerle el favor de que se quiten de encima el estigma de la traición y del dolor de no haberse sentido argentinos cuando era necesario sentirse argentinos por encima de todas las cosas.
Afortunadamente, el pueblo argentino tiene una clase trabajadora con valores morales íntegros. En ella descansa la base fundamental de esta lucha por salvar al pueblo argentino de las amenazas de retorno a una época de triste memoria. Ella será artífice de su propio destino. Es el pueblo el único que puede salvar al pueblo. No lo salvo yo ni la suerte; lo salva el sacrificio. El sacrificio que ese pueblo realiza con su trabajo y abnegación.
Y podríamos asegurar que si la clase trabajadora y el pueblo argentino en general, no supieran sostener la bandera que ha enarbolado, lloraría lágrimas de sangre en el futuro, o lo podríamos repetir cuando lo haga, como decía aquel viejo español: lloras como una mujer lo que no supiste sostener como un hombre. Sin embargo, nuestro pueblo no está templado para esas posibilidades; está de pie, listo a luchar, como lo he visto siempre, con la decisión y la honradez de siempre, con la lealtad y la fe con que lo vi el 17 de octubre enarbolar las banderas argentinas para luchar.
He pedido hasta ahora a los trabajadores argentinos una cosa que todos recuerdan: del trabajo a casa y de casa al trabajo. Dentro de pocos días más he de pedirles que salgan a defender nuestra causa, allá donde sea necesario. Entonces, han de ver nuestros adversarios que, con toda tranquilidad y sin violencia de ninguna clase, pero con razones grandes como una casa, hemos de demostrarles que donde ellos lanzan un rumor nosotros sabremos reemplazarlo con una verdad o un sillazo, si es necesario.
Hemos mantenido la extremada prudencia que nos es característica y que no hemos de reaccionar sino frente al ataque. No somos hombres de provocaciones, somos, sí, hombres de lucha, y lucharemos cuando haya que hacerlo, hasta el último aliento y con la más terrible decisión. Esto es lo que deben saber nuestros adversarios. Iré caracterizando a nuestros adversarios en todas las futuras conversaciones que yo realice. Nuestros adversarios están caracterizados en tres grupos bien determinados: Primero: los adversarios políticos, representados por los dirigentes de los partidos Radical, del Comité Nacional; Conservador o Demócrata Nacional, como se llaman algunos; Demócrata Progresista y etc., etc., ya desahuciados por el pueblo argentino, pero cuya reacción en la forma que los conocemos ha de seguirse produciendo. Actúan en el campo político disfrazados de dirigentes de una masa que ya no pesa y, a menudo, disfrazados de legisladores. Segundo: los adversarios económicos, representados por los consorcios del capital internacional, muy conocidos por nosotros algunos, por parte de las que antes se llamaban fuerzas vivas y que todavía quedan recalcitrantes en el campo adversario y una cierta parte de la oligarquía. A ésta última tenemos que esperar que muera para que termine.
El tercer grupo es el de los pseudo-ideólogos, comunistas y socialistas. Dos agrupaciones internacionales que se las traían, pero ahora, felizmente, se las ven venir. Es lógico que estos señores actúen en el campo gremial, muchas veces disfrazados de peronistas, pero hay que decirles, como a las mascaritas del carnaval, ¡sacate los bigotes, que ya te conocemos! Estos señores, que actúan disfrazados o infiltrados –como dicen ellos– creen todavía que es posible desorganizar nuestra masa popular mediante una acción de perturbación, aprovechando la falta –diremos así– de interpretación de nuestro movimiento por parte de algunos sectores que aún les quedan como baluarte. Sin embargo, deben de saber que si durante cuarenta años no hicieron en este país absolutamente nada, cuando este país era un caldo magnífico para todas las perturbaciones, cómo van a realizarlas hoy que hemos llevado a cabo lo que ellos decían que había de realizarse.
Van llegado días de hablar claro, dijo el compañero López, y yo comparto totalmente esas magnificas palabras de decisión. Hemos de hablar claro y de obrar decisivamente. Ésta es la palabra de orden. Yo he de decir próximamente cómo lo vamos a hacer. Mientras llegue ese momento, de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Señores:
Recuerden que en este momento nosotros no tenemos por qué estar enojados; los que deben estar enojados son ellos, porque de todo lo que ellos se proponían hacer no han hecho nada, y todo lo que nosotros nos habíamos propuesto realizar lo hemos hecho. De manera que si alguno ha de estar enojado, porque el destino o la suerte no les ha hecho salir las cosas como esperaba, estarán ellos y no nosotros. Hemos de luchar sonrientes y no enojados; hemos de realizar una acción optimista y no pesimista; hemos de realizar una obra constructiva, dejándoles a ellos el triste encargo de realizar la obra destructiva.
Compañeros:
Quiero terminar estas palabras ya un poco dilatadas, recordándoles que debemos estar totalmente tranquilos. No conviene, en los tiempos que corren, que nos asusten con fantasmas o bultos que menean. Somos muchos millones de peronistas dispuestos a jugarlo todo por la suerte del país, frente a unos cuantos obcecados detrás de quienes existe una masa que no tiene ningún entusiasmo por poner el pellejo en peligro; y nosotros estamos decididos a jugarnos, inclusive, el pellejo.
Por esa razón yo les pido a ustedes, y ustedes se lo trasmitirán también a los demás compañeros, que estén tranquilos; que esto más bien hay que tomarlo en broma, que no hay que preocuparse demasiado. Yo he de bajar la bandera cuando empiece la carrera y entonces vamos a correr fuerte.
Señores:
Les agradezco como si fuese en mi propia persona esta demostración que el gremio ferroviario, por intermedio de esta amable asamblea, ha rendido al Señor Presidente de la Convención Constituyente, como asimismo a cada uno de los constituyentes peronistas que nos hacen el honor de su compañía. Ya lo ha dicho mi señora, para mí representan lo más puro y lo más apreciado del peronismo, porque ellos han sido designados en todas las provincias argentinas como hombres de alta responsabilidad, de elevado criterio y de lealtad a nuestro movimiento y a nuestros principios.
Esa designación, que en todos los tiempos de la República ha sido la suprema honra de esta democracia argentina, alcanza a todos esos constituyentes para quienes, en esta oportunidad, pongo con mis saludos el reconocimiento que el Partido Peronista debe a esta pléyade de hombres que están cumpliendo con este sagrado deber patriótico de dar a nuestra Patria una Constitución que sea realmente libre dentro del concepto de nuestra libertad; que sea realmente justa, dentro de lo que nosotros hemos anunciado. Entendemos poco de leyes, pero entendemos mucho de justicia.
Señores:
Para todos los ferroviarios, para todos los constituyentes, para el señor presidente de la Convención y para todos los trabajadores argentinos, una sola palabra que sintetice en nuestro lenguaje popular el momento de observación de la hora: unidos y alerta.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario